—¡Cobertura! —escuché gritar a Rossi a mis espaldas.
El equipo táctico abrió fuego de supresión desde las ventanas de la villa. Los disparos de los Carabinieri obligaron a los hombres de Amelia a agachar la cabeza.
—¡Ahora, Schmidt! —me gritó Rossi.
Me levanté y corrí. Corrí como nunca había corrido en mi vida. Sentía que el corazón me iba a estallar, que el tumor iba a reventar dentro de mi cerebro, pero no me detuve.
Llegué a la puerta del anexo. Estaba cerrada con un candado grueso.
—¡Aiden!