Charles sonrió, con los ojos llenos de luz. —Sí, claro que sí. Y más si son hechas por mis tres hijos.
—¡Yupi! ¡Papá quiere sopa! —gritó Eva. Los tres salieron disparados con Carmen hacia la cocina. El ruido de sus pequeños pies se alejó, y la sala quedó en silencio.
Me recliné contra el sofá, exhalando. La paz era frágil, pero real. Miré a Charles. Él me devolvió la mirada, con una gratitud silenciosa que nos conectaba.
Don Augusto carraspeó, y mi madre se movió incómoda en su asiento. Era la