Rebeca Schmidt
El mundo regresó a mí como un golpe de luz blanca y dolorosa.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue el techo de mi sala de estar, desenfocado y girando lentamente. Había un olor acre bajo mi nariz, sales de amoniaco que me quemaban las fosas nasales. Tosí, tratando de apartar la mano que sostenía el frasco.
—Ya vuelve... ya está despertando —escuché la voz de mi madre, Evelyn, llena de alivio y miedo.
Me incorporé de golpe, ignorando el mareo violento que amenazó con tumbarme de