Mundo ficciónIniciar sesiónMegan lo perdió todo el día que él desapareció sin mirar atrás. El amor de su vida se fue con promesas vacías… y la dejó sola, rota y embarazada. Años después, sobrevive limpiando casas de gente rica, luchando cada día por su hijo, Patrick. Hasta que el destino vuelve a cruzarlos. Él ya no es el chico que se marchó sin nada. Ahora es poderoso. Intocable. Millonario. Y quiere volver a su vida. Pero Megan no es la misma mujer que dejó atrás. Y esta vez, no piensa rendirse tan fácilmente. Aunque haya algo que él aún no sabe… Algo que podría cambiarlo todo. ¿Qué pasa cuando el hombre que te destruyó… es el único que puede salvarte?
Leer másMegan
Era mi primer día de trabajo en aquella inmensa mansión. Y ya quería irme. En casa me esperaba Patrick. Seguramente estaría jugando en el suelo del salón, con sus bloques desparramados por todas partes. O quizás mirando la puerta, esperando a que volviera para abrazarme como siempre hacía, con esa fuerza desmedida de sus bracitos regordetes. Solo pensar en él me apretó el pecho hasta doler. Todo lo hacía por él. Darle una vida mejor era mi único objetivo en este mundo. Esa casa era fría e impersonal. Demasiado grande para una sola persona. Demasiado perfecta, como sacada de una revista de diseño. No tenía nada cálido. Ninguna foto familiar en las paredes, ni un recuerdo desordenado sobre la mesa. Era minimalista al extremo. Lo justo y necesario. Nada más. Parecería que viviera un robot en ella, sin alma ni huella en ella. Nada que ver con mi pequeño estudio alquilado, lleno de juguetes desordenados, manchas que no se iban y risas. Allí al menos había vida. Allí estaba él, mi ancla. Además, la mansión ya estaba impecable, reluciente como un quirófano. No sé para qué demonios querían una limpiadora más. —Recuerda limpiar todos los rincones de la casa —me había dicho el ama de llaves esa mañana, con esa voz seca como el mármol italiano del suelo. Asentí con la cabeza gacha. No podía perder este trabajo. Mi hijo dependía de ello.Completamente.
Estaba subida encima de una escalera roñosa, de esas que crujen en cada peldaño y te hacen rezar para no caer. Me preguntaba por qué esta gente con tanto dinero dejaba cosas en tal mal estado. Bueno, sí lo sabía: porque no era su vida la que pendía de un hilo, sino la mía. Y así fue. Intentando llegar a al último estante —el más alto, inalcanzable para mi 1,55 de estatura. Demasiado alto. Resbalé. El tiempo pareció detenerse. Como a cámara lenta. Mi estómago se encogió. Pensé que iba a estrellarme contra el frío suelo, que todo —el trabajo, Patrick, nuestra frágil estabilidad se rompería en un instante y no podía hacer nada por cambiarlo. Justo en ese momento había entrado un hombre. No lo oí llegar porque llevaba los auriculares puestos a todo volumen. Natasha Bedingfield siempre me hace perderme en la música, olvidar el mundo. En fin, el hombre que había entrado era apuesto, impecablemente elegante. Llevaba un traje hecho a medida, de esos que gritan dinero y poder absoluto. Olía a colonia cara, a cuero italiano nuevo y a algo más… no lo supe descifrar. Su mandíbula marcada, su postura recta, su reloj que brillaba como un Rolex… todo en él gritaba que era el dueño de ese imperio frío. El CEO que mandaba aquí, sin duda. Me caí. Pero no toqué el suelo. Unos brazos firmes, musculosos, me atraparon en el aire. Sentí sus grandes manos rodeando mi cintura, apretándome contra su pecho duro y cálido. Como si supiera exactamente lo que hacía. Como si ya lo hubiera hecho antes. Su calor me envolvió al instante, y un escalofrío traicionero me recorrió la espalda entera.Hacía mucho tiempo que nadie me tocaba así.
Demasiado tiempo. Desde que él se fue. Pero no quería recordarlo. No ahora. El problema es que el trapo sucio seguía apretado en mi mano. Y acabé estampándolo contra su traje inmaculado. Una mancha gris y humillante se extendió por la solapa, como una burla del destino. Se me quedó mirando un poco más de la cuenta, sus ojos azules perforándome. Eran como el mar en tormenta: profundos, intensos, capaces de ahogarte. —¿Estás bien? —preguntó con una voz autoritaria, grave que resonó en mi pecho. —Sí, perdone. No llegaba bien y perdí el equilibrio por completo. —Eso está más que claro —dijo cortante. Me bajó al suelo, bueno casi me tiró. Como si fuera basura insignificante. —Está despedida —dijo girándose hacia la puerta con una indiferencia gélida. ¿Qué? ¿Me había despedido por casi matarme? ¿En mi primer día? ¿En serio? No podía ser verdad. Patrick dependía de mí. Yo era lo único que tenía. Dependíamos de este maldito trabajo. Salí corriendo detrás de él, taconeando torpemente por el pasillo interminable. —Por favor, señor. No me despida, necesito el trabajo. Mi vida entera depende de ello. —supliqué, la voz temblando. Ya no me quedaba nada de dignidad. La había perdido hacía mucho tiempo. Poco a poco. Con cada factura impagada.Con cada noche sin dormir pensando en el dinero del alquiler.
Con cada vez que no llegaba a fin de mes. Con tener que dejarle ahí, solo. Hasta de la guardería había tenido que sacarle esta última vez. No pasaba nada por arrastrarme un poco más. —No es mi problema —respondió sin aminorar el paso, ni girarse a mirarme. —Por favor, se lo suplico —grité con la esperanza de ablandarlo. —Tengo un hijo y de verdad que necesito el trabajo —ya lo había soltado todo. Se paró en seco. Quizá al final sí había conseguido aplacar un poco su mal genio. Se giró lentamente hacia mí. —Dime, ¿cuánto lo necesitas realmente? —dijo con un tono ambiguo, cargado de insinuaciones que me erizaron la piel. —Mucho —aseguré mientras mis ojos seguían suplicantes clavados en los suyos. —¿Qué estarías dispuesta a hacer para mantenerlo? —Yo… señor, no sé a qué se refiere. —Debo haberme equivocado contigo —sentenció, con un claro atisbo de decepción. Me puse de rodillas delante de él y le agarré del pantalón con manos temblorosas. —Por favor, señor, haré lo que sea, pero no me despida. —Muy bien. Levántate. Me levanté conteniendo las lágrimas en los ojos. ¿Qué iba a pedirme hacer este tipo? —Mañana ven temprano y hablaremos de las condiciones del contrato. Asentí despacio, el corazón latiendo desbocado. —¿Puedo conservar mi trabajo? —No exactamente. —¿Cómo? Entonces, ¿qué quiere que haga? Yo no sé hacer otra cosa. Solo limpiar. —Estoy seguro de que sí sabes hacer más cosas. Después de todo, tienes un hijo —dijo con una sonrisa torcida que me hizo temblar y me encendió algo en lo más profundo de mi ser, a partes iguales. —¿Qué? ¿qué quiere decir?—¿No sabes sumar dos y dos? —volvió el ser frío y despreciable en un instante.
—Necesito que le ponga palabras, señor. No sé si le estoy entendiendo bien. —Vas a ser mi asistente personal. Negué, confundida. —De verdad, yo no sé hacer nada de eso. Su sonrisa se ensanchó. —No te preocupes —dijo acercándose un paso más. Retiró un mechón de mi cara. Sus dedos rozaron mi piel, leve, despacio, certero como un latigazo. Fue suficiente para hacerme olvidar donde estaba. Suficiente para hacerme consciente de cada centímetro de mi cuerpo. Sentí electricidad pura recorriendo mi piel. Acercó su boca a mi oído. Podía sentir el calor de su aliento, su olor masculino envolviéndome como una promesa peligrosa. Se me erizó todo el cuerpo cuando susurró con una voz profunda y ronca. —Yo te enseñaré… todo lo que necesito de ti. Tragué saliva con dificultad. Sabía que no iba a ser un trabajo normal. Lo sentía en la forma en que me devoraba con la mirada. —Y créeme… lo vas a aprender. Muy bienMeganNo dormí.No de verdad.Me quedé tumbada, mirando el techo desconocido del salón de Marisa, escuchando ruidos que no eran míos.Otro frigorífico. Otro silencio. Otra vida.Pero el mismo peso aplastándome el pecho.Patrick dormía a mi lado, encogido sobre el colchón fino que nos había dejado. Un brazo rodeando su peluche. El otro estirado hacia mí.Como si necesitara comprobar que seguía allí.No me moví.No podía.Porque en cuanto lo hiciera… todo sería real.Y no estaba preparada.La mañana llegó demasiado rápido.Demasiado clara. Demasiado cruel.La luz se colaba entre las cortinas como si el tiempo no entendiera de treguas. Como si no le importara nada.Como siempre.Patrick se removió a mi lado.Un sonido suave.Y con eso fue suficiente.Todo volvió de golpe.El hospital. El casero. Las cartas. Los números.Siempre los números.Y él.Siempre él.Su voz. Su mirada. La forma en la que me observaba…Como si ya supiera cómo iba a terminar todo.Me levanté despacio, c
MeganEl golpe en la puerta me despertó de golpe. Seco. Fuerte. Insistente.Durante un segundo no supe dónde estaba. Me llevó un instante recordar el techo desconchado, la sombra del armario cojo, la respiración corta de Patrick a mi lado. Dormía boca abajo, con la mano asomando fuera de la manta, la misma manta gris que olía a humedad y jabón barato. Respiraba tranquilo, más que anoche, cuando el hambre lo había hecho llorar en silencio hasta quedarse dormido.Otro golpe. Esta vez más cerca, más duro, más inevitable. El ruido parecía venir desde dentro de mi cabeza.Me quedé quieta, escuchando el goteo del grifo del fregadero, el zumbido del viejo frigorífico, los pasos del miedo recorriéndome la espalda. Pensé —solo por un segundo— en no abrir. Fingir que no estábamos, que no existíamos. Pero nada desaparecía por ignorarlo. Nada. Ni las cartas sin abrir, ni la amenaza que flotaba sobre nuestras cabezas, ni la culpa que sentía cada mañana al mirarlo y saber que no tenía nada mejo
MeganEl termómetro marcaba treinta y nueve.Y subiendo.—No… por favor… —susurré, moviendo a Patrick entre mis brazos.Su piel ardía.Demasiado.El miedo me golpeó el pecho con fuerza.No podía permitirme que le pasara nada.No a él.No a lo único que tenía.—Mami… —murmuró, débil, sin abrir del todo los ojos.Se me rompió el alma.—Estoy aquí, cariño… estoy aquí.Pero no era suficiente.Nunca lo era.Corrí a la farmacia de la esquina, con él envuelto en una manta, sintiendo su calor atravesarme la piel.—Necesito algo más fuerte… un antibiótico —dije, casi sin aliento.El farmacéutico negó con la cabeza.—Sin receta no puedo darte nada más.Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.Siempre lo mismo.Siempre un “no”.—Por favor… —insistí, con la voz quebrada—. Está muy mal.El hombre me miró un segundo, pero volvió a negar.—Lo siento.Lo siento.Siempre lo mismo.Apreté a Patrick contra mí y salí de allí sin decir nada más.Le di el paracetamol a Patrick como pude. Lo escupió a
MeganCorrí por el pasillo de la mansión con el corazón desbocado, las lágrimas quemándome los ojos. Patrick me miraba desde abajo, confundido, con su mochilita colgando del hombro.—Mami, ¿por qué lloras? —preguntó con esa voz pequeña que me partía el alma.Tragué saliva y forcé una sonrisa mientras me agachaba frente a él.—Nada, cielo. Vamos a casa —mentí.Se lanzó a mis brazos sin dudarlo y me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera.Sentí algo romperse dentro de mí.—¿Te han dado el trabajo? —preguntó con esa voz inocente que no entendía de contratos ni de condiciones.Mi pecho se tensó.No supe qué decir.Porque la verdad… no podía decírsela.—Aún no lo sé —susurré.Y eso dolía más que cualquier mentira.El ama de llaves nos vio salir sin decir palabra, solo una mueca de lástima en su rostro arrugado. Cerró la puerta con un clic que sonó como sentencia final.Fuera, el sol de la mañana me cegó.El aire frío me golpeó la cara, pero no fue suficiente para des
Último capítulo