Mundo ficciónIniciar sesiónMegan
El termómetro marcaba treinta y nueve.
Y subiendo.
—No… por favor… —susurré, moviendo a Patrick entre mis brazos.
Su piel ardía.
Demasiado.
El miedo me golpeó el pecho con fuerza.
No podía permitirme que le pasara nada.
No a él.
No a lo único que tenía.
—Mami… —murmuró, débil, sin abrir del todo los ojos.
Se me rompió el alma.
—Estoy aquí, cariño… estoy aquí.
Pero no era suficiente.
Nunca lo era.
Corrí a la farmacia de la esquina, con él envuelto en una manta, sintiendo su calor atravesarme la piel.
—Necesito algo más fuerte… un antibiótico —dije, casi sin aliento.
El farmacéutico negó con la cabeza.
—Sin receta no puedo darte nada más.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
Siempre lo mismo.
Siempre un “no”.
—Por favor… —insistí, con la voz quebrada—. Está muy mal.
El hombre me miró un segundo, pero volvió a negar.
—Lo siento.
Lo siento.
Siempre lo mismo.
Apreté a Patrick contra mí y salí de allí sin decir nada más.
Le di el paracetamol a Patrick como pude. Lo escupió a medias, llorando, débil, sin fuerzas ni siquiera para quejarse del todo.
—Shhh… tranquilo, mi vida… —susurré, meciéndolo—. Ya pasa… ya pasa…
Mentía.
Lo sabía.
Y aun así lo decía.
Pero la fiebre no bajaba.
Y el miedo… tampoco.
Necesitaba un médico de verdad.
Ya.
Salí de nuevo a la calle, con Patrick envuelto en la manta, mirando a un lado y a otro como si de alguna forma fuera a aparecer una solución.
Pero no había nada.
Nunca lo había.
A esas horas ya no pasaban autobuses.
Siempre llegaba tarde.
Siempre un paso por detrás.
Cogí un taxi a sabiendas de que no tenía dinero para pagarle. Creo que me lo vio en la cara, y aun así le di la suficiente pena como para que no me dejara tirada.
—¿Está bien? —preguntó el conductor al cabo de unos segundos.
No supe qué responder.
¿Cómo explicas que todo se está derrumbando?
—Tiene fiebre —dije al final.
Mi voz sonó más rota de lo que esperaba.
El hombre asintió, mirando por el retrovisor.
—Llegaremos rápido.
No sabía si lo decía por tranquilizarme o porque de verdad le importaba.
Pero asentí igual.
Como si eso fuera suficiente.
Como si pudiera creerlo.
El trayecto fue eterno.
Yo no dejaba de tocar la frente de Patrick.
De contar los segundos.
De rezar.
Aunque ya no creyera en nada.
Cuando llegamos al hospital, salí casi corriendo.
Las luces blancas me mareaban.
El tiempo pasaba lento.
Demasiado lento.
Cada segundo era una eternidad.
Cada minuto, una tortura.
Patrick dormía, conectado a una vía, pequeño en aquella cama enorme.
Frágil.
Como si pudiera romperse en cualquier momento.
Y yo…
yo no podía dejar de pensar.
Intenté concentrarme en otra cosa.
En cualquier cosa.
Pero no podía.
El sonido de las máquinas.
Las voces lejanas.
El olor a desinfectante.
Todo me envolvía.
Todo me recordaba lo mismo.
Que no tenía control.
Que nunca lo había tenido.
De nuevo, la espiral.
Cinco mil euros.
Seguridad.
Comida.
Futuro.
¿Y si solo es trabajo?
Mentira. Sus ojos decían placer puro.
Pero... ¿cuánto duraría mi orgullo frente al hambre?
¿Frente al miedo?
¿Frente a perderlo todo?
Miré a Patrick.
A su pecho subiendo y bajando lentamente.
A su cara pálida.







