Capítulo 3: La espiral

Megan

Corrí por el pasillo de la mansión con el corazón desbocado, las lágrimas quemándome los ojos. Patrick me miraba desde abajo, confundido, con su mochilita colgando del hombro.

—Mami, ¿por qué lloras? —preguntó con esa voz pequeña que me partía el alma.

Tragué saliva y forcé una sonrisa mientras me agachaba frente a él.

—Nada, cielo. Vamos a casa —mentí.

Se lanzó a mis brazos sin dudarlo y me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera.

Sentí algo romperse dentro de mí.

—¿Te han dado el trabajo? —preguntó con esa voz inocente que no entendía de contratos ni de condiciones.

Mi pecho se tensó.

No supe qué decir.

Porque la verdad… no podía decírsela.

—Aún no lo sé —susurré.

Y eso dolía más que cualquier mentira.

El ama de llaves nos vio salir sin decir palabra, solo una mueca de lástima en su rostro arrugado. Cerró la puerta con un clic que sonó como sentencia final.

Fuera, el sol de la mañana me cegó.

El aire frío me golpeó la cara, pero no fue suficiente para despejarme.

No miré atrás.

No podía.

Si lo hacía… sentía que no sería capaz de irme.

Apreté el paso, casi corriendo, como si estuviera huyendo de algo.

O de alguien.

De él.

De su voz.

De su mirada.

De la forma en que me había hecho sentir con solo rozarme.

Caminamos hasta la parada del autobús, que tardó una eternidad en llegar.

El autobús estaba lleno.

Gente hablando, riendo, viviendo.

Como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.

Me senté al fondo, con Patrick acurrucado contra mí y se acabó durmiendo durmió en mi regazo durante el trayecto, agotado por la tensión que ni siquiera entendía.

Su peso me anclaba.

Su respiración tranquila me recordaba por qué estaba luchando.

Apoyé la cabeza contra el cristal frío.

Y entonces volvió. La espiral.

Su voz.

"Serás mía."

Apreté los dientes.

No podía quitarme su olor de encima.

Ni la sensación de sus manos.

Como si todavía estuvieran ahí, marcándome.

Me froté los brazos con fuerza, como si así pudiera borrarlo.

Pero no desaparecía.

Se me había metido bajo la piel.

Cerré los ojos con fuerza.

Noté el calor subiendo otra vez desde mi ombligo.

No.

No iba a hacerlo.

No podía.

No era esa clase de mujer.

Pero tampoco era la clase de madre que podía permitirse fallar

—Mami…

Parpadeé, obligándome a volver.

A lo único real que tenía.

A Patrick.

Llegamos al estudio destartalado que llamábamos hogar.

El estudio olía a humedad.

A cerrado.

A vida estancada.

Cerré la puerta con el pie mientras sostenía a Patrick dormido.

Lo dejé con cuidado en el sofá, cubriéndolo con la manta que ya había perdido el color hacía años.

Me quedé mirándolo unos segundos.

Memorizándolo.

Como si eso pudiera protegerlo de todo lo demás.

Entonces vi el sobre.

Otra vez.

Siempre esperando.

Siempre recordándome lo que no tenía.

Lo abrí con manos temblorosas.

Como si hacerlo más lento fuera a cambiar algo.

Pero no.

Nunca cambiaba.

El alquiler.

Otra vez.

Atrasado.

Mi mundo se derrumbó en ese instante. Tres meses de alquiler atrasado, facturas de luz cortadas, supermercado a crédito. Dos mil quinientos euros.

El número se quedó flotando frente a mí.

Imposible.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones.

No tenía ni cien.

Hubo un tiempo en el que creí que todo sería distinto.

En el que pensé que no tendría que contar monedas.

En el que él me prometió que nunca me faltaría nada.

Cerré los ojos con fuerza.

Mentiras.

Todo habían sido mentiras.

Miré a Patrick, durmiendo plácidamente como si fuera ajeno a todo aquello.

Como si todo fuera fácil.

Como si yo pudiera protegerlo de todo.

Se me nubló la vista.

No podía fallarle.

No otra vez.

Y aun así…

no tenía ni idea de cómo iba a salvarnos.

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