Me dejó en la miseria… y ahora me quiere de vuelta
Me dejó en la miseria… y ahora me quiere de vuelta
Por: LOLA LOVE
Capítulo 1: El rescate inesperado

Megan

Era mi primer día de trabajo en aquella inmensa mansión.

Y ya quería irme.

En casa me esperaba Patrick.

Seguramente estaría jugando en el suelo del salón, con sus bloques desparramados por

todas partes. O quizás mirando la puerta, esperando a que volviera para abrazarme como

siempre hacía, con esa fuerza desmedida de sus bracitos regordetes.

Solo pensar en él me apretó el pecho hasta doler.

Todo lo hacía por él.

Darle una vida mejor era mi único objetivo en este mundo.

Esa casa era fría e impersonal.

Demasiado grande para una sola persona.

Demasiado perfecta, como sacada de una revista de diseño.

No tenía nada cálido. Ninguna foto familiar en las paredes, ni un recuerdo desordenado

sobre la mesa.

Era minimalista al extremo.

Lo justo y necesario. Nada más.

Parecería que viviera un robot en ella, sin alma ni huella en ella.

Nada que ver con mi pequeño estudio alquilado, lleno de juguetes desordenados,

manchas que no se iban y risas.

Allí al menos había vida.

Allí estaba él, mi ancla.

Además, la mansión ya estaba impecable, reluciente como un quirófano. No sé para qué

demonios querían una limpiadora más.

—Recuerda limpiar todos los rincones de la casa —me había dicho el ama de llaves esa

mañana, con esa voz seca como el mármol italiano del suelo.

Asentí con la cabeza gacha.

No podía perder este trabajo.

Mi hijo dependía de ello.

Completamente.

Estaba subida encima de una escalera roñosa, de esas que crujen en cada peldaño y te

hacen rezar para no caer.

Me preguntaba por qué esta gente con tanto dinero dejaba cosas en tal mal estado.

Bueno, sí lo sabía: porque no era su vida la que pendía de un hilo, sino la mía.

Y así fue. Intentando llegar a al último estante —el más alto, inalcanzable para mi 1,55

de estatura.

Demasiado alto.

Resbalé.

El tiempo pareció detenerse.

Como a cámara lenta.

Mi estómago se encogió.

Pensé que iba a estrellarme contra el frío suelo, que todo —el trabajo, Patrick, nuestra

frágil estabilidad se rompería en un instante y no podía hacer nada por cambiarlo.

Justo en ese momento había entrado un hombre.

No lo oí llegar porque llevaba los auriculares puestos a todo volumen.

Natasha Bedingfield siempre me hace perderme en la música, olvidar el mundo.

En fin, el hombre que había entrado era apuesto, impecablemente elegante.

Llevaba un traje hecho a medida, de esos que gritan dinero y poder absoluto. Olía a

colonia cara, a cuero italiano nuevo y a algo más… no lo supe descifrar.

Su mandíbula marcada, su postura recta, su reloj que brillaba como un Rolex… todo en

él gritaba que era el dueño de ese imperio frío. El CEO que mandaba aquí, sin duda.

Me caí.

Pero no toqué el suelo.

Unos brazos firmes, musculosos, me atraparon en el aire.

Sentí sus grandes manos rodeando mi cintura, apretándome contra su pecho duro y

cálido.

Como si supiera exactamente lo que hacía.

Como si ya lo hubiera hecho antes.

Su calor me envolvió al instante, y un escalofrío traicionero me recorrió la espalda

entera.

Hacía mucho tiempo que nadie me tocaba así.

Demasiado tiempo.

Desde que él se fue.

Pero no quería recordarlo. No ahora.

El problema es que el trapo sucio seguía apretado en mi mano. Y acabé estampándolo

contra su traje inmaculado. Una mancha gris y humillante se extendió por la solapa,

como una burla del destino.

Se me quedó mirando un poco más de la cuenta, sus ojos azules perforándome. Eran

como el mar en tormenta: profundos, intensos, capaces de ahogarte.

—¿Estás bien? —preguntó con una voz autoritaria, grave que resonó en mi pecho.

—Sí, perdone. No llegaba bien y perdí el equilibrio por completo.

—Eso está más que claro —dijo cortante.

Me bajó al suelo, bueno casi me tiró.

Como si fuera basura insignificante.

—Está despedida —dijo girándose hacia la puerta con una indiferencia gélida.

¿Qué?

¿Me había despedido por casi matarme?

¿En mi primer día?

¿En serio?

No podía ser verdad.

Patrick dependía de mí.

Yo era lo único que tenía.

Dependíamos de este maldito trabajo.

Salí corriendo detrás de él, taconeando torpemente por el pasillo interminable.

—Por favor, señor. No me despida, necesito el trabajo. Mi vida entera depende de ello.

—supliqué, la voz temblando.

Ya no me quedaba nada de dignidad.

La había perdido hacía mucho tiempo.

Poco a poco.

Con cada factura impagada.

Con cada noche sin dormir pensando en el dinero del alquiler.

Con cada vez que no llegaba a fin de mes.

Con tener que dejarle ahí, solo. Hasta de la guardería había tenido que sacarle esta

última vez.

No pasaba nada por arrastrarme un poco más.

—No es mi problema —respondió sin aminorar el paso, ni girarse a mirarme.

—Por favor, se lo suplico —grité con la esperanza de ablandarlo.

—Tengo un hijo y de verdad que necesito el trabajo —ya lo había soltado todo.

Se paró en seco. Quizá al final sí había conseguido aplacar un poco su mal genio.

Se giró lentamente hacia mí.

—Dime, ¿cuánto lo necesitas realmente? —dijo con un tono ambiguo, cargado de

insinuaciones que me erizaron la piel.

—Mucho —aseguré mientras mis ojos seguían suplicantes clavados en los suyos.

—¿Qué estarías dispuesta a hacer para mantenerlo?

—Yo… señor, no sé a qué se refiere.

—Debo haberme equivocado contigo —sentenció, con un claro atisbo de decepción.

Me puse de rodillas delante de él y le agarré del pantalón con manos temblorosas.

—Por favor, señor, haré lo que sea, pero no me despida.

—Muy bien. Levántate.

Me levanté conteniendo las lágrimas en los ojos.

¿Qué iba a pedirme hacer este tipo?

—Mañana ven temprano y hablaremos de las condiciones del contrato.

Asentí despacio, el corazón latiendo desbocado.

—¿Puedo conservar mi trabajo?

—No exactamente.

—¿Cómo? Entonces, ¿qué quiere que haga? Yo no sé hacer otra cosa. Solo limpiar.

—Estoy seguro de que sí sabes hacer más cosas. Después de todo, tienes un hijo —dijo

con una sonrisa torcida que me hizo temblar y me encendió algo en lo más profundo de

mi ser, a partes iguales.

—¿Qué? ¿qué quiere decir?

—¿No sabes sumar dos y dos? —volvió el ser frío y despreciable en un instante.

—Necesito que le ponga palabras, señor. No sé si le estoy entendiendo bien.

—Vas a ser mi asistente personal.

Negué, confundida.

—De verdad, yo no sé hacer nada de eso.

Su sonrisa se ensanchó.

—No te preocupes —dijo acercándose un paso más.

Retiró un mechón de mi cara.

Sus dedos rozaron mi piel, leve, despacio, certero como un latigazo.

Fue suficiente para hacerme olvidar donde estaba.

Suficiente para hacerme consciente de cada centímetro de mi cuerpo.

Sentí electricidad pura recorriendo mi piel.

Acercó su boca a mi oído.

Podía sentir el calor de su aliento, su olor masculino envolviéndome como una promesa

peligrosa.

Se me erizó todo el cuerpo cuando susurró con una voz profunda y ronca.

—Yo te enseñaré… todo lo que necesito de ti.

Tragué saliva con dificultad.

Sabía que no iba a ser un trabajo normal.

Lo sentía en la forma en que me devoraba con la mirada.

—Y créeme… lo vas a aprender. Muy bien

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