Mundo ficciónIniciar sesiónMegan
Apenas pude dormir esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir su cálido aliento en mi oído.“Lo vas a aprender. Muy bien.” Un escalofrío me recorrió el cuerpo al recordarlo. Un calor inesperado me invadió. Bajando lento hasta lugares que había olvidado. No podía ser. Hacía mucho tiempo que no lo sentía. Ese cosquilleo traicionero, esa humedad sutil que me avergonzaba admitir. Miré a Patrick, dormido a mi lado, abrazando su peluche desgastado. Tan pequeño, tan ajeno a todo. Sus pestañas largas, su respiración tranquila. Tragué saliva con fuerza. No podía permitirme rechazar ese trabajo. Pero tampoco sabía en qué me estaba metiendo. Y sabía que me iba a traer problemas. Lo sentía en el estómago. Como una advertencia que no podía ignorar. A la mañana siguiente, me levanté con ojeras y ni siquiera el corrector fue capaz de disimularlas. Me adecenté lo máximo que pude. Me puse un traje pantalón desgastado por el paso del tiempo, ligeramente ajustado. No era elegante. Era lo mejor que tenía. No era suficiente. No para alguien como él. Preparé a Patrick. Intentaba que tuviera todo lo que necesitaba, su ropa era de segunda pero bien cuidada. Casi mejor que la mía. No tenía con quién dejar a Patrick hoy. La vecina me dijo que estaría de viaje. Tenía dos opciones, y ninguna era buena. Dejarlo en casa, o llevármelo.Me decidí por la segunda.
Quizá podría esperar en la entrada o el salón de la casa. Con Patrick en brazos, fuimos a la parada de autobús más cercana. Tenía un viejo coche que apenas arrancaba, pero no tenía dinero suficiente para echarle gasolina. Durante el viaje en autobús miles de preguntas invadían mi cabeza: ¿Qué “condiciones” me esperaban? ¿Qué significaba “asistente personal” en la boca de un hombre así? Cada parada se me hacía eterna. Como si el tiempo jugara en mi contra. Bajamos del autobús y aún nos quedaban un par de kilómetros para llegar a la mansión, estaba alejada de todo lo demás. A pesar de que no hacía calor, por dentro lo sentía, y además, cargar a Patrick no ayudaba. Por lo que llegué sudada y con el maquillaje movido. Llegamos a la mansión a las 7:35 AM. Me abrió el ama de llaves y me miró de arriba abajo con desdén. —Está esperando —dijo a modo de saludo. Después reparó en Patrick, que estaba de pie a mi lado con una mochila pequeña. —Él no puede estar aquí. —Lo sé. Lo siento. No tenía con quién dejarlo. Serán solo unos minutos, quizá usted pueda vigilarlo por mí. —Tengo demasiado trabajo para ocuparme de tonterías por ti. Patrick notó la tensión que había y comenzó a quejarse un poco. Me miró con esos ojos grandes, buscando una explicación que no supe darle. —Patrick, cielo, mamá tiene que ir a una entrevista de trabajo y tú vas a quedarte aquí un poquito jugando. Seguro que la señora Pots no tiene inconveniente en echarte un ojo de vez en cuando. Lo dije mientras me empezaba a alejar y eché a correr por el pasillo para que el ama de llaves no tuviera otra opción. Llamé a la puerta del despacho con los nudillos. —Adelante —se oyó la voz al otro lado de la puerta. Entré despacio y me quedé pegada a la puerta. Era un despacho demasiado grande para una sola persona. Tenía un sofá grande, moderno, frío. Un gran ventanal que daba a un jardín y se veía otra puerta en un lateral. Ahí estaba él, sentado tras una enorme mesa. Parecía funcional.Un ordenador portátil. Y un par de pantallas grandes.
Llevaba un traje gris oscuro, camisa azul claro arremangada mostrando sus fuertes antebrazos. Parecía más imponente con la luz que entraba por la ventana que el día anterior. Levantó la mirada hacia a mí. Un atisbo de insatisfacción se reflejó en su rostro. —Llegas tarde —dijo mirando su reloj. —Siéntate. Me senté en una silla frente a la suya y coloqué mis manos sudorosas en mi regazo. No dijo nada durante unos segundos. Solo me observó. Como si estuviera evaluando cuánto valía realmente. Y cuánto estaba dispuesta a perder. Sacó unos papeles de su escritorio y escribió algo. Me pasó los documentos. —Primero, las reglas básicas —empezó. —Es el contrato de asistente personal. Exclusividad total: 24/7 disponibilidad. Viajes, eventos, lo que necesite. Salario inicial: 5.000 euros mensuales, más bonos. Abrí la boca, atónita. ¿5.000 euros? Eso era más de lo que ganaba en un año limpiando. Patrick podría ir a una buena escuela, comer bien, tener ropa nueva. Pero… —¿Y mis… tareas específicas? —pregunté, voz temblorosa. Su sonrisa torcida volvió, esa que me hacía temblar. Se levantó y rodeó el escritorio, parándose demasiado cerca. Su olor me envolvió de nuevo. —Durante el día: agenda, reuniones, informes. Fácil. Te enseñaré. —Y por las noches… —bajó la voz, inclinándose— serás mía. Completamente. Sin preguntas. Sin límites. El aire se espesó. Mi pulso se aceleró. —¿Suya? ¿Quiere decir…? —Serás mía, Megan. Cuando lo decida. Donde quiera. Cláusula de confidencialidad absoluta. No eres la primera, pero podrías ser la mejor. Me quedé helada. Era lo que temía. Un contrato de placer disfrazado de empleo. Pero 5.000 euros. Patrick. Una vida mejor... —No soy… una prostituta —susurré, pero mi voz flaqueó.Se rio bajo, un sonido que vibró en mi piel. Su mano rozó mi mejilla, como ayer.
—No. Eres mi asistente. Con beneficios mutuos. Tú necesitas dinero. Yo necesito… discreción y placer sin complicaciones. Piensa en tu hijo. Firma. O vete ahora. Sus dedos bajaron a mi barbilla, levantándola. Nuestros ojos se encontraron. Había deseo en los suyos, crudo y hambriento. Y algo más. ¿Soledad? No importaba. Patrick me necesitaba. Temblando, tomé la pluma. Sopesé por un momento firmar el documento. Acerqué la pluma al papel. Me temblaba tanto la mano que tuve que sujetarme la muñeca con la otra. La presioné. Empecé el trazo Meg… Me detuve. Levanté la vista y ahí estaba mirándome con ojos de depredador a punto de conseguir a su presa. Recordé su aliento en mi oído. “Lo vas a aprender. Muy bien.” —No puedo hacerlo —dije y salí corriendo del despacho. —Volverás —dijo con total seguridad. No como una duda. Como una promesa.






