Megan
No recuerdo en qué momento dejé de resistirme.
Quizá fue cuando cerré los ojos.
Quizá cuando dejé de pensar.
O quizá…
cuando entendí que no había nadie más.
Que no iba a venir nadie a salvarme.
Que esta vez… solo estaba yo.
Marisa no dijo nada cuando volví.
Solo me miró.
Y en su mirada había algo peor que juicio.
Comprensión.
Una comprensión silenciosa, incómoda… como si ya supiera exactamente lo que había pasado, como si no hiciera falta explicarlo.
—¿Estás bien? —preguntó.