MeganEl golpe en la puerta me despertó de golpe. Seco. Fuerte. Insistente.Durante un segundo no supe dónde estaba. Me llevó un instante recordar el techo desconchado, la sombra del armario cojo, la respiración corta de Patrick a mi lado. Dormía boca abajo, con la mano asomando fuera de la manta, la misma manta gris que olía a humedad y jabón barato. Respiraba tranquilo, más que anoche, cuando el hambre lo había hecho llorar en silencio hasta quedarse dormido.Otro golpe. Esta vez más cerca, más duro, más inevitable. El ruido parecía venir desde dentro de mi cabeza.Me quedé quieta, escuchando el goteo del grifo del fregadero, el zumbido del viejo frigorífico, los pasos del miedo recorriéndome la espalda. Pensé —solo por un segundo— en no abrir. Fingir que no estábamos, que no existíamos. Pero nada desaparecía por ignorarlo. Nada. Ni las cartas sin abrir, ni la amenaza que flotaba sobre nuestras cabezas, ni la culpa que sentía cada mañana al mirarlo y saber que no tenía nada mejo
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