Capítulo 5: Sin salida

Megan

El golpe en la puerta me despertó de golpe. 

Seco. 

Fuerte. 

Insistente.

Durante un segundo no supe dónde estaba. Me llevó un instante recordar el techo desconchado, la sombra del armario cojo, la respiración corta de Patrick a mi lado. Dormía boca abajo, con la mano asomando fuera de la manta, la misma manta gris que olía a humedad y jabón barato. Respiraba tranquilo, más que anoche, cuando el hambre lo había hecho llorar en silencio hasta quedarse dormido.

Otro golpe. Esta vez más cerca, más duro, más inevitable. 

El ruido parecía venir desde dentro de mi cabeza.

Me quedé quieta, escuchando el goteo del grifo del fregadero, el zumbido del viejo frigorífico, los pasos del miedo recorriéndome la espalda. Pensé —solo por un segundo— en no abrir. Fingir que no estábamos, que no existíamos. Pero nada desaparecía por ignorarlo. Nada. Ni las cartas sin abrir, ni la amenaza que flotaba sobre nuestras cabezas, ni la culpa que sentía cada mañana al mirarlo y saber que no tenía nada mejor que ofrecerle que otro día igual.

—¡Abre! —la voz al otro lado me devolvió al presente.

El casero. 

El estómago se me encogió.

Me levanté despacio, como si cada movimiento pesara más que el anterior. El suelo frío me hizo estremecer. Caminé hasta la puerta y apoyé la mano en el pomo unos segundos, intentando controlar el temblor de los dedos. Abrí solo unos centímetros. Pero él empujó.

Y entró.

Como si esta ya no fuera mi casa.

—Ya está bien —dijo, sin mirarme del todo, recorriendo con los ojos cada rincón como si olfateara el desastre—. Tres meses. ¿Te parece poco?

Me mordí el labio, bajando la mirada. 

—Estoy intentando conseguir el dinero… —empecé.

—No me interesa —interrumpió.

Siempre igual. Siempre la misma piedra.

Intenté explicarle que había dejado currículos, que el último sueldo no llegó porque la empresa cerró, que cuidaba a Patrick sola desde hacía dos años. Pero en su expresión no había fisura posible. Solo cansancio. O desprecio. A veces cuesta distinguirlo.

Patrick se movió en la cama. 

—Mami… —susurró, medio dormido, frotándose los ojos.

Durante un segundo, el casero lo miró. Y por un instante creí que eso bastaría para ablandarlo. Pero no. Su rostro siguió igual, tan inmóvil como una pared.

—Tienes hasta hoy —dijo. Frío. Certero. 

—¿Hoy? No… no puedo… tengo un niño… —Mi voz se quebró.

—No es mi problema —respondió, y esa frase cayó sobre mí como algo que ya había oído mil veces, en mil tonos distintos. Del jefe. De los clientes. De mi ex. De la vida misma.

—Por favor —susurré—. Solo unos días más.

Negó con la cabeza. Ni siquiera me miraba ya. 

—A mediodía vuelvo. Y no quiero encontrarte aquí.

Cerró la puerta tras él. 

El pasillo quedó en silencio.

Me quedé de pie en medio del salón, sin voz, sin aire, sin saber qué hacer primero. Las paredes parecían más estrechas que antes, el techo más bajo. Una gotera marcaba un ritmo lento y constante sobre el cubo. Mientras tanto, Patrick se incorporó y me miró con sueño.

—¿Qué pasa, mami?

Bajé la mirada hacia él y traté de sonreír. 

Otra vez. Otra mentira envuelta en ternura. 

—Nada, cariño. Vuelve a dormir.

Pero no lo hizo. Me abrazó por la cintura, y sentí cómo su cuerpo pequeño temblaba. Lo abracé con fuerza, tanta que le dolió. 

—Todo va a estar bien —mentí otra vez.

Cuando por fin se soltó, empecé a meter su ropa en una bolsa. La mía en otra. Doblé cada prenda con cuidado, como si el orden diera sentido a lo insoportable. Dos bolsas de plástico. Toda una vida dentro.

Miré alrededor: 

La mesa coja, el sofá hundido, las marcas del moho junto a la ventana. 

Los juguetes rotos, uno sin brazo, otro sin pila. 

Nuestro pequeño museo del fracaso.

Pensé en dejar alguna nota, una palabra en la pared, algo que dijera lo intenté. Pero no escribí nada.

Toqué la puerta de al lado. Una vez. Dos. Tres.

Cuando por fin se abrió, apareció Marissa, despeinada y con un cigarro entre los dedos. 

—¿Megan?

No hizo falta que dijera nada más. Lo vio en mi cara.

—¿Qué ha pasado?

—Nos echan —dije, y las palabras me salieron secas, como si no fueran mías.

Miró a Patrick. Luego a mí. Sopló el humo y suspiró largo. 

—Podéis quedaros… pero solo unos días, ¿vale? Tengo a mi hermana viniendo el martes.

Asentí. Rápido. Demasiado rápido. 

—Gracias. De verdad, gracias…

—No me des las gracias aún —respondió, apartando la mirada—. Esto no puede ser para siempre.

Lo sabía. Claro que lo sabía.

Esa noche, Patrick durmió en un colchón en el suelo de su salón. El olor a tabaco y café rancio se mezclaba con la humedad de nuestras bolsas cerradas. Lo observé en la oscuridad, respirando tranquilo, ajeno a todo.

Me quedé sentada en el borde del sofá, sin moverme, mirando un punto fijo en la pared hasta que los ojos me ardieron. No lloré. Ya no quedaban lágrimas. Solo el cansancio pesado que vacía por dentro, que te roba incluso la rabia.

Fuera, la lluvia empezó a caer despacio, golpeando el cristal con un ritmo constante. Pensé que tal vez el mundo seguía su curso sin nosotras, ajeno a nuestra pequeña tragedia.

Me recosté al fin, con el cuerpo tenso, abrazando mis propias manos como si pudieran protegerme de algo.

No tenía nada. 

Nada.

Miré a Patrick.

Dormía tranquilo.

Como si el mundo no se estuviera derrumbando.

Como si yo pudiera sostenerlo.

Tragué saliva.

Porque en el fondo…

ya sabía lo que iba a pasar.

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