Al día siguiente.
El amanecer no trajo calma, sino un vacío insoportable. Isabella despertó con el corazón acelerado, su respiración entrecortada.
Se giró en la cama, tanteando con manos temblorosas el espacio a su lado, pero el frío de las sábanas la estremeció.
Kaen no estaba allí.
Su pecho se apretó con un dolor que iba más allá del simple temor.
Era como si presintiera que algo malo había sucedido, como si su alma, enlazada a la de él, le gritara que estaba en peligro.
—¿Dónde estás, Kaen? —