Kaen rugió con furia cuando vio a los enemigos rodeando a su manada.
Sus ojos brillaban con un rojo intenso, y el aire se llenó del olor a hierro y sangre. A su alrededor, los suyos luchaban con fiereza, pero era evidente que los Iktar habían planeado ese ataque con precisión.
Isabella, acorralada entre los restos de la batalla, apenas podía respirar.
Su cuerpo temblaba.
Veía a Kaen pelear como una bestia invencible, y aun así, el miedo le oprimía el pecho.
Los gruñidos se mezclaban con gritos d