El viento helado del amanecer se filtraba por los ventanales del gran salón, levantando las cortinas como si fueran alas de humo.
Isabella permanecía de pie frente a Kaen, la mirada firme, los labios temblando entre la ira y la tristeza.
En su interior, su loba rugía con fuerza, deseando correr hacia él… pero el orgullo era más fuerte que el instinto.
—No puedo echarte del palacio, ni de la manada, Kaen —dijo con voz quebrada, aunque trató de sonar firme—. Puedes quedarte, puedes ser el Alfa si