Isabella lo empujó con todas las fuerzas que su cuerpo tembloroso pudo reunir.
—¡Nunca! —su voz quebrada vibró en el aire, pero cargada de una valentía desesperada—. ¡Nunca! ¿Cómo te atreves, Dante? Yo jamás seré tuya. ¡Kaen no está muerto! Él vive, lo siento en mi alma, y sé que nunca me abandonará.
Dante comenzó a reír. No era una risa común, sino un estallido oscuro, áspero, que resonaba como un eco maldito en las paredes de la habitación.
Su carcajada era una mezcla de burla y locura, un son