Isabella corrió sin pensar en otra cosa que no fuera sus cachorros.
La transformación en loba fue un acto de urgencia y de pura necesidad: sus patas golpearon la tierra, su respiración se volvió vapor en la noche y su mente se llenó de una única imagen que la quemaba por dentro —los ojos pequeños de sus crías, frágiles, asustados—. Nada importaba más que alcanzarlos, tocarlos, asegurar que estuvieran vivos.
Entró en la zona donde la batalla aún resonaba; el olor a sangre y a temor flotaba en el