El templo respiraba.
No como un ser vivo, sino como un lugar que habĂa esperado durante siglos ser encontrado.
Las paredes susurraban, no en palabras, sino en ecos: voces antiguas, promesas rotas, risas olvidadas, y gritos que jamás fueron escuchados.
Aeryn y Lucien avanzaron lentamente, rodeados de pinturas murales grabadas a fuego en las paredes de obsidiana. Cada escena que veĂan desmentĂa siglos de odio.
—Mira esto —dijo Aeryn, señalando una imagen tallada: un vampiro enseñando a niños lobo