La luna colgaba alta, translúcida, envuelta en un manto tenue de nubes que no lograban del todo ocultar su luz. En el claro sagrado del bosque, el silencio era casi reverente. Cada hoja parecía contener el aliento, cada criatura oculta entre la espesura mantenía el sigilo. Era la noche de la ceremonia. La despedida, o tal vez, el primer acto de una confrontación inevitable.
Eira había pasado horas en soledad, recogiendo los elementos que marcarían el rito. No era una ceremonia tradicional. No e