La noche se deslizaba sobre la aldea con una calma engañosa. Las antorchas encendidas lanzaban destellos dorados sobre los rostros serios de aquellos que se habĂan reunido en la explanada central. Era una noche de espera. De preparaciĂłn. De despedidas que sabĂan a destino.
Eira se encontraba de pie frente al altar improvisado, con una tĂșnica tejida con hilos de sĂmbolos antiguos, regalo de las matriarcas. Sus ojos se posaban en Aidan, cuya figura imponente se mantenĂa firme, aunque la tensiĂłn e