La noche era espesa, hĂşmeda, cargada con el susurro de hojas pisoteadas y respiraciones contenidas. Eira corrĂa. No por miedo… no del todo. CorrĂa por instinto, por supervivencia, por respuestas. A su lado, Aidan se movĂa con la precisiĂłn de un cazador, sus ojos dorados iluminando el sendero invisible entre árboles retorcidos.
—Nos siguen —murmurĂł Ă©l, sin mirar atrás—. Pero no atacan todavĂa. Solo... observan.
Eira lo sabĂa. Lo sentĂa en los huesos. Desde la ceremonia fallida, en la que el sell