Aeryn despertĂł empapada en sudor, con el corazĂłn latiendo tan rĂĄpido que pensĂł que iba a desgarrĂĄrsele el pecho. El amanecer apenas rozaba los ventanales del refugio, y sin embargo, ya sentĂa que el dĂa pesaba como si arrastrara siglos.
HabĂa soñado otra vez.
Pero esta vez no era una pesadilla con el Cazador ni una visiĂłn del pasado.
Era su hijo.
Un niño de ojos dorados, cabello oscuro y voz profunda como la de Lucien⊠pero mayor, tal vez doce o trece años. Estaba parado frente a ella, en un bo