El Oráculo avanzó con paso lento pero seguro. No necesitaba ojos para ver. Cada palabra que pronunciaba parecía resonar con una verdad que iba más allá del lenguaje.
—No están siendo perseguidos solo por lo que el niño puede ser —dijo con voz profunda—, sino por lo que ya fue.
Lucien lo miró con dureza.
—¿Qué quieres decir?
El Oráculo se detuvo frente a ellos, y extendió una mano temblorosa hacia el medallón agrietado que colgaba del cuello de Aeryn. No lo tocó. Solo lo sintió.
—Ese fragmento c