El fuego no se apagó, pero tampoco trajo calor.
Las brasas que acompañaban a Rhea y Kael al salir del Templo de la Llama Eterna ardían con un resplandor melancólico, como si hubieran presenciado algo sagrado… o maldito.
El amanecer los recibió desprovisto de color. Un cielo gris, cubierto de nubes inmóviles, se extendía como un techo descompuesto sobre el bosque de Andhal. Las hojas, antes susurrantes, ahora crujían al menor contacto. El aire pesaba, saturado por un eco invisible que hacía dif