El aliento de Veyrion flotaba en la cámara como un susurro contenido. El fuego dorado que brotaba de su encierro no era violento; era majestuoso, casi reverente. Pero a cada latido que surgía del núcleo sellado de piedra y runas, el aire se volvía más denso. Las puertas del corazón de la montaña aún no se habían abierto del todo, y sin embargo, Rhea sentía que bastaba un paso más, una palabra más, para que todo su mundo se rompiera… o renaciera.
Kael permanecía entre ella y el círculo de fuego.