El viento del norte era tan gélido que sentías cómo desgarraba tu piel.
Era áspero, seco, sin ritmo, como si lo impulsara una furia antigua que no conocía el reposo. Cada ráfaga era un puñetazo de escarcha que le arrancaba el aliento a Rhea y le recordaba que estaba cruzando más que un paisaje: estaba entrando en otro mundo. Uno donde el fuego no era hogar, sino desafío. Uno donde incluso la tierra parecía querer olvidarte.
La nieve no caía, pero el suelo estaba cubierto por una capa de escarch