El primer indicio de peligro fue el silencio.
No el silencio apacible de la madrugada, ni el que antecede a la tormenta. Era un silencio absoluto. Denso. Cortante. Un vacío que devoraba incluso el crepitar habitual del fuego en las paredes del templo.
El frío no pertenecía al templo.
Llegó sin advertencia, como una cuchillada que atravesó la calidez de la cámara sagrada. Las brasas en las paredes titilaron, inquietas. El fuego que antes parecía eterno ahora vacilaba, como si percibiera algo que