El amanecer no trajo luz.
Solo una penumbra densa que se arrastraba entre las columnas de piedra del santuario, como si el mundo aún no estuviera listo para ver lo que había despertado. El aire era espeso, cargado de ceniza y un leve aroma metálico, como si el santuario respirara los restos de un fuego que nunca se extinguía del todo. Cada paso sobre el suelo provocaba un crujido sordo, como si las piedras recordaran cada paso antiguo dado allí.
El fuego encendido durante la noche chispeaba en s