La noche anterior había sido larga, demasiado larga.
Everly no salió de la habitación desde que pidió “tiempo”, y aunque la casa permaneció en silencio, Eiríkr no pudo dormir. Pasó la noche entera sentado en el sofá del salón, con las luces apagadas y el corazón encendido en una angustia que lo devoraba más que cualquier enemigo.
Al amanecer, el sonido del motor de un auto lo arrancó de aquel limbo, se desperezó para luego mirar por la ventana. Un vehículo gris se detuvo frente al portón, recon