La ciudad duerme con un ojo abierto, con la mandíbula apretada, con una mano debajo de la almohada. Sus barrios más oscuros no se apagan a medianoche; se acomodan entre la oscuridad, se mueven en silencio de bodega en bodega, de sótano en sótano, como agua sucia que busca el nivel más bajo. Y en esa geografía de sombras y cemento frío, los Gold Toad llevaban años operando en Lakewood como si fueran dueños del suelo que pisaban, como si nadie fuera a atreverse jamás a cobrarles la factura.
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