Eirikr no era ningún estúpido. Sabía, desde que el Dragón desapareció, que había ido en busca de Everly.
—¿Qué hago? —le preguntaba al techo y a Erin, su hermana.
—Darle su espacio; eso es lo que ella quiere, Eirikr. Es lo que queremos las personas que detestamos la mafia —dice en un tono seco, poco condescendiente.
—Habíamos quedado en que esperaría. ¿Por qué huir? Yo dejaré esto; nos iremos lejos de Denver, fuera del país si es necesario —asegura él, levantándose del sillón donde estaba recos