La tarde caía sobre la casa de Eiríkr con una lentitud pesada, casi cruel. El cielo, teñido de un naranja oscuro, se colaba por los ventanales del salón como un presagio. Afuera, el jardín parecía contener la respiración, y dentro, el aire era denso, caliente… como si las paredes supieran que algo se estaba por romper.
Everly bajó las escaleras aún con el pulso alterado. Leone se había marchado hacía apenas unos minutos, dejando tras de sí un hilo de tensión que no se había disipado, sino que