Subí los escalones despacio. Cada paso me pesaba. El aire del sótano era espeso, caliente, lleno del olor a sangre y a metal. Sentía que en cualquier momento iba a caer.
Tenía las manos temblorosas. La vista nublada.
Solo necesitaba agua. Nada más.
Al llegar a la cocina, apoyé la mano sobre la mesa. Me dolían los músculos del brazo, como si hubiese peleado toda la noche. El vaso se me resbaló dos veces antes de poder llenarlo.
Tomé un sorbo. Otro. El agua bajó fría y amarga.
El ruido detrás de