En cuanto la madre de Sonja cruzó la puerta de la habitación con esa elegancia que daba asco ver en un hospital, el ambiente cambió de golpe. Fue como si alguien hubiera quitado un tapón: el ruido de las máquinas volvió a sonar fuerte y el aire dejó de sentirse tan pesado. Las enfermeras que antes parecían zombis en el pasillo empezaron a moverse normal, hablando entre ellas sobre turnos y medicinas.
Lena se quedó ahí parada, con el vaso de café frío en la mano y el corazón dándose golpes contr