El amanecer apenas despuntaba sobre los torreones de Lobrenhart cuando Aldrik lanzó una copa de vino contra la pared de piedra. Los cristales tintados de rojo se esparcieron como gotas de sangre bajo sus pies. Elaria permanecía de pie a unos metros, sin atreverse a moverse ni a hablar. Su silencio era su único escudo.
—¡Estúpido lobo enamorado! —gruñó Aldrik con rabia, golpeando con el puño cerrado la mesa de mármol oscuro—. ¡Ya volvió con esa puta marcada por el fuego!
Elaria bajó la mirada, a