La sala del consejo en Lobrenhart estaba cargada de tensión. Ni el fuego crepitaba. La piedra misma parecía contener el aliento. La piedra fría de las paredes parecía más sombría que nunca, y los estandartes de Lobrenhart no ondeaban como de costumbre. No era día de celebración. Era día de juicio.
Elaria se mantenía de pie en el centro del círculo, su vientre apenas visible, sus ojos bajos, su expresión dura. A su alrededor, los ancianos, guardianes y testigos aguardaban. La tensión era densa