Aeryn respiraba con calma frente al fuego, sus dedos enredados en una manta que no recordaba haber pedido. La habitación olía a tierra mojada, resina y piel caliente: el hogar. Valzrum y Sareth le habían dado espacio. Solo Shânkar, se mantenía cerca, acurrucado a pocos pasos del lecho. Sus ojos color ceniza no se apartaban de ella.
El silencio era denso. Sagrado.
Pero el cuerpo de Aeryn no estaba en paz.
Primero fue un leve tirón en el bajo vientre. Luego, un cosquilleo en la columna. Y ento