El estadio vibraba. En Lima, miles de personas agitaban banderas y llenaban el aire con cánticos que hacían temblar hasta el concreto de las tribunas. El césped estaba perfecto, verde intenso, iluminado por los reflectores como un escenario preparado para una batalla que podía marcar la historia de Lautaro. Era la final, y todo lo que había vivido, lo que había sufrido y lo que había aprendido, lo había llevado hasta allí.
Pero a cientos de kilómetros de distancia, en Argentina, alguien más sen