El amanecer caía suave sobre los techos de la ciudad, bañando las calles con una luz dorada. Desde la ventana del cuarto, Lautaro observaba cómo el barrio despertaba: el sonido de los colectivos, los chicos que iban a la escuela, el olor a pan recién hecho que venía de la panadería de la esquina. Todo parecía tan normal, tan tranquilo… pero dentro de él nada estaba en calma.
La rutina había vuelto, pero su mente seguía dividida.
A su lado, en la mesa del desayuno, estaban Erica y Jenifer, cada