El rugido del estadio se alzó como un trueno cuando la pelota besó la red. Lautaro, jadeante, vio cómo el marcador se iluminaba con un 1-0 que encendía la esperanza de todo el equipo. Había sido un gol trabajado con el alma, con cada gota de sudor y sacrificio acumulados en esas semanas de lucha.
El tiempo en el reloj marcaba ochenta minutos. Solo quedaban diez. Diez minutos que parecían eternos, diez minutos que podían darles la gloria o arrebatarles todo.
Lautaro sintió un nudo en la garganta