El estadio estaba repleto.
Miles de banderas ondeaban bajo el cielo anaranjado del atardecer, y el murmullo de la gente se sentía como una melodía que lo envolvía todo. Lautaro estaba en el centro del campo, quieto, respirando hondo. Las luces lo bañaban de dorado. El marcador ya no importaba: aquel partido no era por puntos, era por la historia.
El árbitro levantó la vista y el sonido del silbato marcó el final.
Un rugido estalló en las tribunas.
El último pitazo.
El último partido.
El último