Querido fútbol,
hoy me siento frente a una hoja en blanco, y por primera vez en muchos años no me tiemblan las manos por miedo a fallar un pase, ni por el peso de una camiseta. Me tiemblan porque sé que esta carta es el final de una historia que empezó cuando era apenas un chico que corría detrás de una pelota en una calle polvorienta, soñando con ser feliz.
Hoy, después de todo lo que viví, puedo decir que lo logré.
El estadio donde mañana jugaré mi último partido ya se siente distinto. Hay un