El motor del autobús se apagó lentamente. Eran casi las siete de la tarde, y el sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios. El aire de su ciudad tenía ese olor particular que mezclaba tierra, pan recién hecho y recuerdos.
Lautaro bajó con una mochila al hombro, los auriculares colgando y una sonrisa apenas visible. No había avisado a nadie. Ni a su tía, ni a Jenifer, ni a Erica. Quería ver sus rostros, quería sentir esa sorpresa que solo se da una vez, como cuando uno vuelve a casa desp