El aire fresco de la tarde golpeaba suave el rostro de Lautaro mientras salía del hospital. A su lado, Gabriela lo observaba de reojo, sin decir nada. Había algo en la forma en que él caminaba, en la manera en que miraba hacia adelante, que la conmovía.
Aún tan joven, Lautaro cargaba con cicatrices invisibles. Pero a pesar de todo, no se había convertido en alguien duro o frío. Al contrario: ahí estaba, dispuesto a darlo todo por una chica, a quedarse una noche entera al pie de una cama, espera