La habitación 213 todavía conservaba ese olor a desinfectante que siempre incomodaba, pero en ese instante, a Lautaro no le importaba. Estaba sentado junto a la cama, con la mano de Jenifer entre las suyas. Sus dedos, aunque débiles, lo apretaban con cariño. La sonrisa en el rostro de ella era suave, dolorida, pero real.
—No sabés cuánto me asusté —murmuró él, con los ojos todavía rojos—. Pensé que te había perdido.
Jenifer cerró los ojos un momento, como si luchara contra el cansancio, y luego