La casa estaba silenciosa cuando llegaron. El atardecer bañaba las paredes con un resplandor naranja, pero dentro del hogar reinaba una calma densa, pesada. Lautaro bajó del auto sin decir una palabra. Gabriela lo siguió con la llave en la mano, sin apurarlo, sabiendo que a veces el alma tarda en llegar a casa, incluso cuando el cuerpo ya está adentro.
Abrió la puerta y entraron. Apenas cruzaron el umbral, Lautaro cerró la puerta con cuidado… y se dio vuelta. Sin decir una sola palabra, se abal