Mundo ficciónIniciar sesiónCuando los rayos de la luz grisácea acariciaban la pálida piel de la novia, las oscuras nubes parecían sellar un pacto silencioso con el sueño del incesante ser. El ambiente del palacio permanecía suspendido en una quietud antinatural, casi reverente. Las doncellas se apresuraron una vez más a preparar los baños de crema y aceites, adornados con rosas amarillas seleccionadas especialmente por el príncipe. Cada pétalo había sido elegido con esmero, como si en ellos se depositara una promesa muda.
Con suma suavidad movían el delicado cuerpo de la princesa, quien yacía sumida en un profundo sueño, uno que rozaba peligrosamente la frontera entre el descanso y el letargo eterno. Aun así, los esfuerzos de las doncellas parecían dar fruto poco a poco. Los pies delicados de Catherine, entumecidos por las incómodas posturas del ritual de baño, reposaban ahora suaves y perfumados gracias a las especias orientales. La última fase era siempre la más incómoda, tanto por la textura espesa como por el aroma penetrante. Debía permanecer sumergida en una mezcla de leche de cabra y vaca durante tres largas horas; solo así su piel quedaría más tersa, más suave, digna de una futura emperatriz. Mientras tanto, las personas en el castillo iban y venían sin cesar, apresuradas ante las estrictas demandas de los eunucos, quienes demostraban un perfeccionismo casi enfermizo en cada detalle de la celebración. Por su parte, Thomas sentía un peso insoportable en el estómago, una mezcla de dolor y ansiedad. No lograba comprender del todo la magnitud de lo que estaba a punto de suceder: pronto estaría unido a la persona con la que realmente deseaba compartir el resto de su corta vida. Se sentía inmerecedor de tan maravillosos momentos. Desde su ventanal, observó a la distancia cómo en el castillo de ella las personas se desplazaban con la misma urgencia y solemnidad que en el suyo. —Ahora dejarás a tu madre, príncipe —la emperatriz interrumpió sus pensamientos, con una voz firme pero cargada de reproche. —No, madre. Tú siempre estarás en mi corazón. Pero ahora ella es mi prioridad absoluta —sentenció sin titubeos. El amor que sentía por su madre tenía, lamentablemente, un límite tan alto como un rascacielos imposible de escalar. No podía negar los innumerables pecados, tanto directos como indirectos, que ella había cometido. Conocía de primera mano la capacidad que poseía para tergiversar historias, y Catherine había sido, desde el inicio, un blanco demasiado fácil. —Esta vez acepta nuevamente a Catherine. Ella será la emperatriz en los próximos días—rogó de forma sutil, casi imperceptible. No era ético que alguien de la realeza rogara; tal acto se consideraba humillante, una muestra de debilidad impropia de la corona. La nobleza debía representar cualidades puras y firmes, sin fisuras visibles. Ante el pedido de su hijo, la emperatriz se prometió no actuar esa noche, y tal vez algunas más. No obstante, no cedería por completo ante lo que consideraba un berrinche inadecuado. Las demás actividades continuaron tal y como estaban previstas. Las lecciones primordiales del príncipe finalizaron ese mismo día, ya que en los siguientes días se llevaría a cabo la solemne celebración de su coronación como heredero. Además, debía mantenerse cuerdo al anochecer, pues tendría que consumar el sagrado acto. —Bien lo sabe, Su Majestad —un erudito se acercó con cautela—. En estos días usted dejará de ser el príncipe heredero para convertirse en el dueño de toda Inglaterra. Caminaron lentamente hasta un amplio balcón que ofrecía vista a la ciudad principal, iluminada por antorchas y faroles. —Muchas personas se acercarán a usted con intenciones de amistad, pero en el fondo tramarán actos oscuros y sanguinarios. Movidos por la codicia del poder, harán lo que sea necesario —suspiró—. Yo deseo, como su profesor, que siempre sea feliz y que esté rodeado de personas que busquen su bienestar y el del pueblo. El erudito se arrodilló ante él y exclamó con solemnidad: —¡Larga vida al príncipe Thomas Spinghter! ¡Larga vida a Inglaterra! Aquella tarde, Thomas ganó a un aliado invaluable: un gran noble de influencia casi infinita, dispuesto a darlo todo por el bienestar del futuro reinado. Si bien el camino sería difícil de transitar, con las personas adecuadas resultaría más llevadero, e incluso sería posible obtener un poder más sano y equilibrado. Las caravanas del exterior comenzaron a llegar lentamente, desde el sur y el norte, del este y el oeste. Reinos de distintas partes del mundo se hicieron presentes para presenciar la histórica unión entre dos antiguos enemigos. Tal como se esperaba, el negociador enemigo ingresó con una altivez notoria. A pesar de haber perdido en batalla por una amplia diferencia, exhibía un orgullo que Thomas siempre había detestado de la realeza. Él era un pacificador. Odiaba haber visto a su futura esposa humillada con tanta violencia, y por ello juró nunca demostrar actitudes similares… por ella. Las salas del palacio estaban casi llenas. Solo faltaba la presencia de la novia, que tardaba más de lo acordado. Un accidente, un gran infortunio según las costumbres de la nación. Por un descuido intencional, el perlado vestido había sido dañado con tintas rojas, deshonrando la supuesta pureza de Catherine. Ella no mostró enojo alguno; sabía muy bien de quién procedía aquel acto infantil. Ante el delito, una sirvienta corrió a informar al príncipe. Era demasiado tarde para hallar al culpable, por lo que solo quedaba buscar una solución. Thomas mandó traer tintas de diversos colores, que cuidadosamente roció sobre su encantador traje. La sirvienta suspiró aliviada al comprender que su ama no sufriría humillación alguna. Si bien se sospechaba de la emperatriz viuda, las evidencias no eran claras y debían posponerse hasta después de la coronación. Las campanas anunciaron finalmente la entrada de la novia. Los pasos firmes de Catherine, ante las miradas de desdén, demostraban el nivel de seguridad que emanaba. Su mirada estaba fija en Thomas, quien sonreía con lágrimas contenidas de alegría. Ella recorrió su vestido salpicado de colores y, por primera vez, se sintió verdaderamente amada. Él estaba dispuesto a sufrir las mismas desgracias por ella. ¿Era eso el amor sincero? Desde las sombras del salón, una oscuridad latente emergía con energía contenida. Su deseo estaba llegando al límite, pero estaba dispuesto a sufrir un poco más. Los sentimientos eran confusos y ambiguos; aun así, no podía ignorar lo evidente. Debía ejecutar sus planes. Necesitaba que Catherine se empapara de poder, que ampliara su círculo y convirtiera ese vínculo en un ejército. Su mirada perdida se centró en ella, en su vestido pálido, manchado de tintas rojas —anhelaba que fuese sangre real— que realzaban sus mejillas rosadas. Desde la distancia entumecedora podía sentir el palpitar de su corazón, y por alguna razón, aquello no se sentía bien. —Thomas Spinghter, ¿acepta a Catherine de Luxiner como esposa para amarla por el resto de su vida? —preguntó la emperatriz. —Acepto —respondió con la voz quebrada por la emoción. —Catherine de Luxiner, ¿acepta a Thomas Spinghter como esposo para amarlo por el resto de su vida? —Acepto. Con un temblor torpe, Thomas llevó sus manos a la nuca de Catherine y acercó sus labios con extrema delicadeza, como si el simple hecho de tocarla pudiera romperla. Catherine aceptó el beso; nunca antes había sido besada con tanto cuidado y ternura. Correspondió el gesto, devolviendo el roce con la misma suavidad. Las campanas resonaron nuevamente, dando fin a la ceremonia principal. Sin embargo, los planes de Thomas ya estaban en marcha. En los bosques de una ciudad oculta había preparado una tierra especial para cultivar brotes de verduras y, quizás, algunas rosas. Con extremo cuidado, había traído consigo flores provenientes de una tierra única. —¿A dónde vamos, mi príncipe? —preguntó Catherine, consternada. —A ser felices en nuestra pequeña tierra —sonrió mientras entrelazaba sus manos con las de ella. Esas palabras llenaron su corazón. Nuestra pequeña tierra. Nunca le habían interesado las riquezas ni el oro, solo la vida y la risa que le habían sido arrebatadas. Desde las sombras, la presencia oscura se movía en busca de su rastro. Sin embargo, las innumerables cremas y aromas habían alterado sus sentidos, provocando una pérdida momentánea de su percepción. Durante esos días le sería imposible verla. Aun así, la visitaría en sueños… sueños oscuros.






