De vuelta en los aposentos reales del palacio inglés, donde el eco de la masacre transfronteriza no era más que un susurro lejano, las luces parpadeantes de las velas moribundas señalaban el regreso del silencio sepulcral que envolvía la vida de la corte. Catherine se incorporó sobre el lecho desordenado, apartando las sábanas de seda con un movimiento grácil, y comenzó a limpiarse la comisura de los labios con un pañuelo de encaje que quedó manchado de un rojo purpúreo, un rastro de la vida qu