Estaba demasiado sorprendida. Se sentía extrañamente cómoda, como si, de algún modo inexplicable, aquel sitio desconocido pudiera llamarse hogar. Tal vez, en lo profundo de su ser, lo era. Incluso en medio del bosque ajeno, rodeada de los animados sonidos del canto de los pajarillos que parecían hablarle entre las ramas, Catherine permanecía pasmada, sin intención clara de moverse. Fue entonces cuando tomó la mano de Thomas; él, con delicadeza sincera, la guio hasta la cabaña sin ejercer presión alguna.La sala era acogedora y estaba cálida. El aroma a sándalo y lavanda acariciaba suavemente los pulmones de los presentes, envolviéndolos en una sensación de calma casi irreal. Una pequeña mesa sostenía todos los manjares que él mismo había seleccionado con cuidado, pensados para ser compartidos solo entre ellos, sin la intervención ni la sombra de su madre.—Es para nosotros, mi amada Catherine —dijo con suavidad, tomando sus hombros desde atrás con extremo cuidado—. Te prometo que no t
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