II

Las sirvientas despertaron con sumo cuidado a Catherine. Bajo sus ojos, una franja de piel oscurecida revelaba la mal noche de insomnio que había padecido. El desayuno llevado en una bandeja de plata, con detalles de flores blancas. Al verlo, un violento malestar le recorrió; las náuseas le subieron como un oleaje implacable. Una de las doncellas corrió por un balde de madera, aunque en vano. Después de tantos días <

> apenas alimentada, nada había dentro de ella para expulsar. No tenía ningún alimento en su cuerpecito.

—El aroma dulce de las rosas me ha dejado aturdida, por favor. Dejalo en el escritorio de su majestad— dijo, lavándose el rostro con manos temblorosas. Luego mascó las hojas de menta para disimular cualquier mal olor-

Eligió un vestido negro, simple y un poco ordinario para ser llevado por una princesa. Las doncellas que le acompañaban guardaron silencio, si bien no había ninguna prenda que dejase en ridículo u opacara la belleza de Catherine. La tela hablaba por sí misma. Algo añeja, deslucida, casi apagada.

A su encuentro estaba el príncipe, que con suavidad tomó su brazo y le condujo hacia donde aguardaba su madre. Catherine apretó su diente son gran disimulo. La señora que sonreía con superioridad se burlaba sin disimulo. De pronto sintió como una lluvia fría le atravesaba su piel. Ahora todo coincidía, un asesino, y una muerte. Estaba ahora convencida de que la reina habría mandado a un asesino a tomar posesión de su vida, y la dulce joven Bler había fallecido protegiéndola. Al levantar su vista sintió un deseo de ser ella quien hubiese caído, no Bler. Las burlas silenciosas de la reina no hacían más que avivar el odio.

—Madre —intervino Thomas con firmeza— está haciendo que mi Catherine se sienta incómoda. Anoche sufrió un atentado por parte de un desconocido— le sirvió en su vajilla, queso francés y unos tomates cherris-

La reina guardó silencio mientras tomaba una copa de vino.

—Deseaba avisarle-continuó el príncipe— que en dos noches se celebrará la boda que nos unirá en matrimonio para toda la vida— sonrió mostrando sus sonrojadas mejillas— Le ruego que respete a mi Catherine-

Tomó un parasol que una de las sirvientas sostenía, para cubrir el cuerpo de Catherine. Mientras caminaban a las alturas de una enredadera verde. Tomaron un poco más de té, y charlaron sobre infinitos libros y compartieron conocimientos de diversos temas que los unía poco a poco.

—Mi querida Catherine, debo marcharme a mis lecciones de esgrima. Un joven de Rumania me ayudará— se levantó rápidamente— Me complacería que me diera el honor de acompañarle en al almuerzo de esta tarde-

La princesa asintió tímidamente.

Un grupillo de cuatro señoritas se acercaron hasta donde estaba ella, cada una era más hermosa que la otra. Se podía decir que sus bellezas eran arrancadas de la historia pasada y futura.

—Buenos días su majestad— las jóvenes señoritas se inclinaron a ella— El conde Lucard Dalv nos envió a hacerle compañía— suavizaron sus expresiones-

—Un gusto conocerles a todas señoritas, me complacería escucharle sus nombres— sonreía— Por favor, tomen asiento a mi lado, no permanezcan de pie-

—Que amable su majestad-

Las sillas fueron acomodadas por los sirvientes de Catherine, nombres cuáles no le incumbía conocer. Ya no sentía el deseo de acercarse a ello, temía que al fin de los tiempos solo tuviesen que padecer la tragedia de Bler.

—Las cuatro somos sirvientes del Conde. Larisa, Mihaela, Iona y Raluca-

—El Conde es muy respetado en nuestras tierras y posee el poder de un rey— reían de forma exagerada e inclusive un poco incómoda-

—Debería intentar ir algún día— Raluca extendía la invitación-

A pesar de las risas incontrolables y las maneras poco éticas de ser. Catherine se había sentido acompañada y comprendida. La hora que compartió con ellas le resultó sorprendentemente amena.

—Tal vez desea ir a ver su prometido practicar con la espada— sugirió Mihaela, la pelirroja-

No pensó mucho y decidió ir a verle. Deseaba ver como manejaba el arma punzante y letal, para que cuando estuvieran casados le pediría que le enseñaras esas habilidades asombrosas.

Uno de los eunucos del príncipe las llevó hasta el arenal de los soldados. Ahí estaba, el muchacho más dulce que había conocido, con su espada brillante y sus cabellos oscuros desacomodados ante los movimientos ásperos del combate.

—Oh, mi querida Catherine— trotó hacia ella— ¿Has venido a ver mi vergüenza de espadachín?-

—No, mi príncipe, sé que usted es lo suficientemente fuerte para reinar con compasión y justicia-

Las mejillas del príncipe no ocultaban sus sentimientos puros.

—¡Ven acá, mi buen amigo!— llamó Thomas al Conde— Quiero presentarte a mi prometida: la princesa Catherine de Luxiner-

Ella levantó la mirada viendo al sujeto de ojos rojos que antes había visto cuando pasaba en su carruaje, aun así su rostro no le resultaba conocido. Los ojos eran penetrantes, a tal punto de perturbarle. Con pasos elegantes y llenos de seguridad se acercó tomando el aliento de ella. Sus manos tomaron suavemente las de ella, y con suma delicadeza depositó sus labios fríos en su piel. Hermoso hombre para no tener vida.

—Majestad,-sonrió con una curva perfecta— es un grato placer conocerla-Nuestro querido príncipe ha hablado de usted con gran entusiasmo-

—Le agradezco conde. Sus escoltas me han llenado de cariño y compañía.-

El conde se veía fresco y sereno, mientras que Thomas estaba agitado y cubierto de polvo.

—Veo que es un excelente profesor, ninguna gota de sudor cae de su frente-

—Es muy observadora— rio— Mi cuerpo posee una extraña enfermedad, que no me deja sudar, aunque me canso con regularidad-

Su respuesta fue sorprendente, nunca había escuchado de aquella enfermedad. Supuso que podría haber, aún más, pasando las olas del furioso mar o las secas tierras del sur.

Al despedirse de los extranjeros, tuvo su reunión con el príncipe que con atención le servía los mejores alimentos. Siendo observador de los bocados que más degustaba Catherine.

Los canapés de acelga con ajo frito, más las ensaladas turcas y quesillo. Eran uno de los tantos platillos que se estaban sirviendo. Pero para Catherine era los más exquisitos, tal vez sus favoritos. El pollo rehogado en cebolla morada, aceitunas rellenas de pimiento y hierbas frescas con huevos reposados en aceite de oliva. Además de un vino de cien años de antigüedad.

—Con lo sucedido anteriormente, necesito que tu seguridad esté primero— dijo Thomas gravemente— Lucard y yo seleccionamos al mejor de los soldados. Él cuidará de ti cuando yo no pueda hacerlo-

—¿Es necesario?— ya antes había sido vigilada por los soldados de su hermano-

—Lo es. Es por tu seguridad, no soportaría que nada malo te suceda-

Después del almuerzo caminaron hasta el establo. En las caballerizas, los corceles aguardaba en la entrada la llegada de los futuros monarcas. A pesar de las corrientes frescas y el sol efusivo, era el perfecto momento para disfrutar de la libertad de la tierra. Aun entre risas, miradas melifluas, y leves roces bajo los guantes. Entre las sombras en sanguinario conde observaba la dulce Catherine, en su interior deseaba quitar todo encanto de ella. Trastornarla, poseer la maldad que sentía desde la distancia fluía en sus azules venas. Era casi evidente que la mujer ocultaba algo, no era posible que antes los ataques de la monarca, se mantuviera cuerda.

Cuando la calidad del cielo descendido a la otra parte del mundo, y las estrellas bañaron el papel oscuro. Un soldado, que todos le aclamaban por su contante pasión a la justicia, aguardaba en la llegada de la princesa consorte. En ella se veía reflejado, también había pasado momentos de angustia, aun cuando sumamente transcendía cualquier entendimiento de la realeza.

Con la compañía de Thomas, Catherine se asomaba a otra habitación. La anterior había perdido todo sentido, y suplicó al príncipe que le diera su espacio hasta la noche de bodas.

—Oh, sos el joven de ayer.— se sorprendió levemente— Gracias por tu protección, lamento que debas de hacerlo. No te daré problemas, lo prometo-

—Su majestad, me disculpo por mi soberbia, aprendí mucho de usted— apaciblemente bajó su cabeza— Por usted y mi nación, moriría-

—Edward, no mueras aún. Te necesitamos hasta el día en que decidas abandonar este castillo-

Catherine encontraba a Thomas más y más fascinante. Bondadoso, servicial y lleno de compasión, nadie en su vida había sido así. Humilde y respetuoso con aquellos que menos tenía. Se expresaba con cuidado y amor hacia ella, aunque a veces podía llegar a ser un poco difícil de manejar su pasión, era genuino. Había descubierto, además, el poco deseo de seguir los protocolos estrictos de la sociedad.

—Oh, mi dulce niña Catherine— soltó un suspiro— Aun cuando desee estar contigo, el firmamento se empeña en mantenerte lejos de mí-

Las aniñadas palabras avergonzaron de gran manera a Catherine.

—Le agradezco, príncipe Thomas por su interés en ayudarme a pasar el mal trago de anoche, ha logrado que me sienta en paz. Además, trajo las niñas eufóricas del conde, si su gracia me lo permite, anhelo visitarlas.-

—Cuando te despiertes, la carroza te estará esperando-

Al recostar su cabeza en la extraordinaria almohada de pluma, cayó en un inmenso abismo. La criatura de alas gélidas y ojos de color rojo, sobre ella sonreía, abrazando los sueños y las pesadillas.

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