VII

El carruaje se mecía de un lado a otro, como una furiosa marea dispuesta a volcar a sus navegantes. El reverberar de los corceles y las rocas que colisionaban contra las ruedas intensificaban aún más el recorrido. Aun así, no podía evitar pensar que los hechos que atormentaban las sombras del castillo pesaban más que cualquier tempestad.

—Edward —gritó para ser escuchada con su voz quebrada—. ¿Cuánto tardaremos en llegar?

La noche en que habían llegado no había visto el camino; era imposible verlo tras las diminutas luces nocturnas. Pero ahora había claridad en ella, pareciéndole eterno el avance hacia el castillo.

—Ya se ven las puertas —comunicó—.

Los soldados se alinean en formación para recibirla.

En ese momento no deseaba ser glorificada ni recibir algún tipo de honra por parte de los ejércitos. Necesitaba ver a su esposo y corroborar personalmente si él estaba en perfectas condiciones. Si solo tuviese más poder sería capaz de defenderlo, aunque significara sacrificar su vida por la de él.

Los instrumentos de aire resonaban en las calles anunciando la llegada del miembro imperial. La gente saludaba con ánimos de festival, mientras Catherine, con sus sentimientos a punto de estallar, se escondía en una sonrisa. El llegar a su encuentro le era ya imposible; las madres acercaban a sus hijos para que fuesen besados por ella, ya que todas las princesas herederas de antaño lo habían realizado, una costumbre que no se erradicaría tan fácilmente.

—¡Abran paso! La princesa heredera de Inglaterra se apresura a saludar a la Emperatriz Viuda —anunció un soldado desconocido.

Las flores rociaban el carruaje, delicados de colores claros, recordándole la sepultura de su madre y cómo ella se había encargado del fúnebre momento.

<<¿Debo saludar a esa arpía?>> se preguntó mientras saludaba de pie ante todos.

<<¡Larga vida a la princesa Catherine!>> gritaban los campesinos una y otra vez, a oídos de la Emperatriz, que con esto, recorriendo las calles, afirmaba su decisión; quien, en un punto de inflexión, pensó que tal vez estaba cometiendo un gran error.

Las puertas se abrieron dejando ver que Thomas la esperaba con una gran sonrisa, haciéndola sentir segura de que estaba bien. Ella se apresuró a sostener su mano.

—Fue imposible dormir sin mi amada Catherine a mi lado —dijo mientras besaba el dorso de su mano cubierta.

—Me alegra saber que estamos juntos.

Ambos fueron llevados a almorzar con la emperatriz y sus invitados. Entre ellos estaba su hermano mayor, el vendedor del uso no público. Aun con sus sentimientos a flor de piel, Catherine debía demostrar que era fuerte y que el pasado debía quedar plegado en una hoja más del tiempo.

—Saludos, madre —Catherine se inclinó suavemente—. Saludos, hermano mayor.

—Veo que mi hermana no ha aprendido buenos modales aún. Hace días debía haber venido a saludar a su madre —dijo mientras se acercaba con pasos firmes.

Sin importarle en lo más mínimo las personas presentes, que curiosas no dejaban de observar por encima de sus espaldas. No obstante, Thomas se puso delante de ella como su fiero protector; su palabra valía más que la efímera corona.

—Cuñado, deberías echarme la culpa a mí. Por mi egoísmo y mi profunda devoción necesitaba pasar el tiempo que me rechazaste cerca de ella —sonrió—. Comamos.

Ante tan tajante respuesta, el hombre no pudo lograr nada más que sentir vergüenza ante la irrefutable contestación. La sala continuó como si nada hubiese sucedido, tendidos en sus propias charlas. Aun así, integraron al desvergonzado rey; no podían dejar de lado a la hipocresía viviente que, con sus desagradables miradas, incomodaba a Catherine. A pesar de todo, ella mantuvo su espíritu con una notable distinción de orgullo y respeto por sí misma. Ante tal actitud, él deseó amargarle la existencia, haciéndole, aunque fuera un poco de agravio en algún momento.

Los sirvientes llegaron con sus diferentes porcelanas, traídas de distintas partes del mundo, demostrando de esta forma que Inglaterra podía encontrar incluso esas simples artesanías. 

Demostraban poder en cada accionar, ya fuera con la vajilla, sus palacios o sus invitados. No todos los reinos podían conseguirlos; la confianza de este reino superaba a cualquiera que estuviese de acompañante.

La reunión fue más breve de lo pensado. Algunos expusieron su apoyo explícitamente sin solicitar ningún pacto momentáneo. Solo anhelaban la paz que no podían dejar en confianza directa con su madre imperial. Catherine sabía que el apoyo constante no solo permitiría que su esposo estuviese seguro, sino que ella también estaría salvaguardada de todo ataque de su madre. Las amenazas que la sostenían se harían realidad estando lejos de Thomas.

En su castillo, por última vez necesitaba recordar la amabilidad que había recibido de su querida servidora Bler, pero para su espantosa sorpresa el joven rey de cabellos dorados la esperaba recostado sobre sus ropas. El modo en que yacía entre sus pertenencias le recordaba el mal que le había causado. Su mirada fría, que solo buscaba su propia satisfacción, la observaba con los mismos ánimos crueles.

—¿Cómo se sintió tu esposo al no ser el primero? —se rio  con gran energía.

Las lágrimas intentaban sobresalir de sus ojos, con un gran nudo que atravesaba su garganta y le dificultaba respirar. El ambiente se sentía caliente y pesado, deseando ser más fuerte para exterminar a aquellos que todos se esforzaban por lastimarla.

—Hermano, por favor, no es propio que te quedes en mi habitación. Ruego que te marches —señaló la puerta manteniendo su cuerpo recto.

Las palabras no encontraron gracia en su mente y resonaron con violencia. Haciendo que su cuerpo, por inercia, se levantase, tomándola por el fino cuello la alzó por los aires, mostrando un aspecto que ella ya había visto antes en él.

—¡Por favor, hermano, no lo hagas! ¡Soy tu hermana, la futura reina de Inglaterra! —rogó.

Las palabras vacías no hacían efecto en él; su decisión ya había sido tomada. La dañaría con tal de sentirse satisfecho. En ese momento la puerta se abrió de golpe; Raluca no pudo evitar escuchar los ruegos de la princesa heredera. Verla en ese estado de horror la hizo verse a sí misma antes de ser encontrada por el conde.

—¡Su majestad! —exclamó—. Debe soltar a la princesa heredera, caso contrario se comprenderá que está deseoso de iniciar una guerra entre imperios —sostuvo firmemente.

Con un gran impulso la dejó yacida en el suelo frío del palacio y, efusivo, se marchó por la puerta principal. Raluca corrió hasta Catherine, que parecía haber perdido cada sentido. Levantándola, la llevó hasta la tina, preparando unas hierbas que parecían ser conocidas. Las inspeccionó y comprendió que eran especiales para relajar los músculos.

—Lo lamento, princesa —murmuró.

Con delicadeza retiró los atuendos y la dejó como cuando nació. Compuso su piel y experimentó su historia: observó las numerosas heridas y el modo en que habían usurpado su virtud. Sintiendo una profunda necesidad de empatizar con ella, solo pudo gesticular muecas; las lágrimas habían abandonado su cuerpo mortal. Aun así, el poder que poseía la hacía ser la más humana de todo el harén.

—Te haremos más fuerte, mi princesa —murmuró apenas audible

Con los pocos recursos a su merced, Raluca convocó al príncipe para comentarle todo lo sucedido. Él prestó atención a cada una de las palabras que Raluca expresaba, omitiendo lo que ella había visto en su pasado, pero parecía que el joven ya estaba al tanto por las expresiones que demostraba.

—Mi príncipe, si usted va en contra de este rey, mi conde le dará todas las fuerzas para socavar a tal tirano.

El suspiro de Thomas expresaba frustración e ira.

—Sabes, querida Raluca, siempre he sabido que mi amada esposa ha sufrido por parte de su hermano. Esperaba volverme rápidamente el rey para protegerla de cualquiera que quiera lastimarla. Ahora, mi madre me ha enviado a una misión para ganarme nuevamente a los nobles —se levantó apresuradamente—. Ve ahora y dile al duque que se apresure a juntar al bloque que me apoya —se interrumpió—. Sé que es inevitable irme, pero si me voy con el título de rey las cosas serán diferentes para ella.

Ante tales órdenes, Raluca partió hasta el condado, expresando las instrucciones del príncipe. A tal pedido, en relación con Catherine, obedecieron después de tanto tiempo de rebelarse ante supremos reyes y reinas. En el burdel, en secreto, se disputó efusivamente la cuestión de que enviar al príncipe a un extraño lugar era todo para transferirle la gloria a la gran tirana.

<<Hay que presionar por la pronta coronación del príncipe Thomas>>, propuso un barón ante los desacuerdos. El silencio se manifestó en forma de aprobación.

<<Es indispensable que cada uno muestre su interés enviando constantemente cartas sobre el asunto>>, sostuvo el duque.

Marcando el trato, los nobles en favor a Thomas incitaron a enviar cada hora cartas solicitando que el único hijo de Inglaterra fuese coronado para marchar con gloria a la batalla. Los suplicios se amontonaron en el escritorio de la arrogante dama. Negarse no era posible: todo era negociación.

—¡Adelanten la fecha de coronación para mañana! —gritó furiosa la emperatriz viuda.

Esa noche, aún aturdida, Catherine le solicitó a su marido que le enseñara el arte de la espada. Sería fuerte por él y por ella; de esa forma nada sería capaz de lastimarla nuevamente, o al menos eso pensaba.

—Hay algo que debo decirte, amada mía —se enderezó en su cama mirándola con temor—. Mañana, después de la coronación, partiré al campo de batalla.

El rostro de Catherine se transformó por la angustia.

—El adelantar la coronación te hará sentir más segura. Nadie se atreverá a dañarte, ni siquiera tu hermano o mi madre. Tendrás el poder suficiente para llevar el reino en tus manos.

Esa noche, sabiendo que tal vez sería la última en muchos años, se amaron como nunca antes. Sentimientos desconocidos, llenos de amargura y ternura, se encontraron, firmando la alianza que juraron llevar en sus corazones.

—¡Thomas Spinghter, jura mantener la justicia, el orden y la protección de su pueblo! ¡Jura hacer a Inglaterra el reino más grande, tomando al antiguo rey como ejemplo! —entonó la voz solemne.

—¡Sí, juro! —sentenció.

Finalizado el programa, los caballos partieron a enfrentarse al enemigo que había robado los alimentos del granero de pequeños pueblos. Temerosos hombres y mujeres, con gran poder y rudeza, estaban dispuestos a sacrificarse a sí mismos por sus fuerzas y por su reino.

Raluca acompañó a su reina a encontrarse con el conde, quien aguardaba como un perro faldero su presencia.

—Conde, pese a que mi amado rey ha partido a la guerra, necesito aliados. ¿Puede usted ser mi sombra?

El pedido de la reina hizo que casi perdiera la poca cordura que le quedaba.

—Soy un humilde siervo fiel a la corona. Seré todo lo que usted desee, mi reina —se arrodilló besando el dorso de su mano.

Esa noche la acompañó desde la distancia; atormentarla ahora no sería divertido. Sabiendo lo que había hecho el rey, necesitaba matarlo, pero aún ella no había absorbido suficiente poder. Tendida en su cama, mientras los murciélagos acariciaban su suave cabello, besó sus labios, relamiendo la sangre de su propia mano.

<<Te vengaré, mi reina>>.

Esa noche, las estrellas se alinearon para sellar el pacto del ser oscuro.

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