El carruaje se mecía de un lado a otro, como una furiosa marea dispuesta a volcar a sus navegantes. El reverberar de los corceles y las rocas que colisionaban contra las ruedas intensificaban aún más el recorrido. Aun así, no podía evitar pensar que los hechos que atormentaban las sombras del castillo pesaban más que cualquier tempestad.
—Edward —gritó para ser escuchada con su voz quebrada—. ¿Cuánto tardaremos en llegar?
La noche en que habían llegado no había visto el camino; era imposible ve